16 Mayo 2012 - 10:00pm
El intento por eliminar de los textos escolares el apelativo “dictadura”, para denominar el período 1973-1990, y reemplazarlo por el de “régimen militar”, sería desconocer el aporte ideológico del más entusiasta defensor de dicho sistema: Jaime Guzmán Errázuriz.
Nacido en 1946 en el seno de una tradicional familia chilena, recibió desde muy temprana edad una fuerte educación religiosa, siendo clave en este proceso el sacerdote Osvaldo Lira Pérez, quien había vivido en España en los años ‘40 y era un ferviente partidario de las ideas corporativistas del régimen de Franco.
Desde su adolescencia, Guzmán siguió con gran interés el desarrollo político de la España franquista, leyendo documentos y discursos de sus principales figuras, desde José Antonio Primo de Rivera y Gonzalo Fernández de la Mora hasta los discursos del Caudillo.
Un viaje a Europa, a comienzos de 1962, que incluyó España, fue muy importante para fortalecer su admiración por el autoritarismo, que estaba en pleno desarrollo económico, sintiéndose más cómodo en la península ibérica que en los países latinoamericanos que visitó antes. En una carta escrita a su madre desde Barcelona, le dice: “No sabes la emoción indescriptible con que te escribo… Emoción de pisar suelo europeo, de estar en la patria de Velásquez, Calderón, Cervantes, Tirso, Franco y tantos otros”.
La España que Guzmán admira tiene otro punto de sintonía con sus ideas políticas: el catolicismo tradicionalista. La Iglesia Católica de España mantenía un discurso anticomunista que la llevó a respaldar la “cruzada” en la Guerra Civil y a apoyar el régimen de Franco hasta fines de los años 60.
La influencia de España se vio fortalecida durante sus estudios de Derecho gracias al influjo de algunos de sus profesores, especialmente del historiador Jaime Eyzaguirre, también católico observante y admirador del régimen del Generalísimo.
Es en este contexto que se explica que Guzmán no haya sido partidario de la democracia tradicional y sí de una visión personalizada del poder, encarnado en una figura excepcional que lograse consolidar un nuevo Estado con capacidad de sobrevivir después de su muerte.
Aquella concepción pareció concretarse plenamente en el régimen autoritario que gobernó Chile entre 1973 y 1990 y que presentó singularidades que lo distinguieron de las otras experiencias dictatoriales de la región. Guzmán lo sabía muy bien: “(El) éxito de la Junta está directamente ligado a su dureza y energía, que el país espera y aplaude. Todo complejo o vacilación a este respecto será nefasto. El país sabe que afronta una dictadura y lo acepta. Transformar la dictadura en “dicta-blanda” sería un error de consecuencias imprevisibles”.